← Volver al inicio en españolPoesía clásica · Español

El cercado de los ciervos

Los cuatro versos registran únicamente lo que se ve y lo que se oye en un claro de montaña al caer la tarde: no aparece nadie, pero llegan voces; la luz reflejada del sol poniente entra sesgada en el bosque y termina posándose en el musgo, a ras de suelo. No hay ninguna acción de personajes: queda solo un orden de percepciones que primero anula la vista, después entrega el oído y al final cede la luz a una superficie mínima y muy baja.

王维dinastía Tangcuarteta de cinco caracteres
Versión en español

El cercado de los ciervos

En el monte vacío no se ve a nadie;

solo se oye el sonido de voces humanas.

La luz que vuelve entra en el bosque profundo

y alumbra otra vez el musgo verde.

«Luz que vuelve» traduce una palabra que aquí significa el reflejo del sol poniente y no «paisaje», por lo que se evitó cualquier término de escenografía. En el último verso, «otra vez» conserva el matiz de repetición del original, que da por supuesto que la luz ya había alumbrado antes. Como el chino no expresa sujeto, se emplearon formas impersonales («no se ve», «solo se oye») en lugar de introducir un observador en primera persona.

Contexto cultural

Cómo comprender el texto

El poema reparte el trabajo entre los sentidos: el primer verso cancela la vista, el segundo repone el oído y en los dos últimos la luz entra por sí sola en la escena. La expresión traducida como «luz que vuelve» designa el resplandor reflejado del sol al ponerse: llega de costado y dura poco, de modo que el instante en que alcanza el musgo tiene un límite temporal preciso y no es una claridad permanente. Las voces del segundo verso no traen consigo ninguna figura; al contrario, señalan que hay algo fuera del campo visible. El texto solo ofrece tres hechos —no se ve, se oye, la luz se desplaza—, y leerlo como la formulación de una postura filosófica va más allá de lo que sostienen estos versos.

Guía de lectura

Sentido principal

Los cuatro versos registran únicamente lo que se ve y lo que se oye en un claro de montaña al caer la tarde: no aparece nadie, pero llegan voces; la luz reflejada del sol poniente entra sesgada en el bosque y termina posándose en el musgo, a ras de suelo. No hay ninguna acción de personajes: queda solo un orden de percepciones que primero anula la vista, después entrega el oído y al final cede la luz a una superficie mínima y muy baja.

La IA generó la versión candidata; Hermes la aceptó tras revisar fuente, sentido y límites culturales.

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